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viernes, 15 de enero de 2010

EL ENIGMA DEL TUNEL (RELATO MISTERIO)

Las vías parecían converger en la distancia... El velocímetro, en el preciso instante de pasar por aquella pequeña estación perdida en la inmensa llanura, marcaba más de 220 kilómetros por hora.

El conductor, pendiente de las distintas señales y de los aparatos que indicaban los parámetros de la máquina, miraba de vez en cuando al frente. Los pocos árboles que adornaban aquella pradera sin límites, blanca por la nieve de los últimos días, pasaban como una exhalación a ambos costados del tren.

En los vagones, caldeados por la calefacción, se notaba una cierta somnolencia en los rostros de los viajeros, mientras fuera el blanco manto de la nieve lo cubría todo. Los viajeros pasaban el tiempo de muy diversas maneras: mientras unos leían el periódico recostados en los cómodos asientos; otros, prestaban atención a la película que se proyectaba en las pequeñas pantallas de plasma. Algunos, estaban en el vagón cafetería tomando algo o echando una partida de naipes.

El tren, después de dejar atrás un apeadero en el que solamente paraban los convoyes de mercancías, se encaminaba velozmente hacia el mayor túnel del país: sus 120 kilómetros de longitud, lo habían convertido en algo así como un monumento a la ingeniería humana, siendo considerado todo un récord de longitud bajo una montaña de duro granito. Su construcción, durante casi 15 años y con el tributo de un buen número de vidas, fue en su día una obra faraónica para poder salvar la majestuosa cadena montañosa que hacía de frontera natural entre los dos países vecinos, pero de cultura y sistema político muy diferentes.

Mientras en Ameland se vivía en democracia desde hacía ya siglos, en el limítrofe Hammerland las dictaduras se habían sucedido como una imparable maldición.

El nivel de vida era también muy diferente y saltaba a la vista de cualquier visitante: mientras a un lado de la montañosa frontera se vivía en la abundancia y los escaparates de los comercios mostraban una variada oferta de mercancías, en el otro y nada más llegar, uno se veía asaltado literalmente por bandadas de harapientos muchachos que pretendían sacar unas monedas al visitante. Por sus calles, los uniformes de soldados y policías eran tan numerosos que parecían ser los únicos habitantes de aquel pobre país, además del sostén de sus eternas dictaduras.

El tren había entrado en el túnel reduciendo un poco su velocidad, como si la máquina sintiese algún extraño temor al adentrarse en aquel angosto y oscuro agujero horadado en el gris granito de la montaña. Una vez dentro, el convoy pareció recuperar la confianza y la velocidad fue aumentando lentamente...

El maquinista, observando los distintos indicadores, comprobó una vez más todos los parámetros. Si bien todo resultaba rutinario, un pequeño detalle llamó su atención: el indicador de distancia por recorrer dentro del túnel, que normalmente tenía que señalar 120 kilómetros desde la entrada a la salida del mismo, marcaba 3.000 kilómetros. El maquinista achacó a una avería en el marcador aquella indicación a todas luces errónea. Un poco nervioso por desconocer la distancia exacta hasta la salida del túnel, miraba una y otra vez el indicador que marcaba 2.800, 2.400, 2.100 kilómetros de distancia hasta la salida al otro lado de las montañas. El recorrido, quizá por aquella errónea información, se le estaba haciendo demasiado largo. Tenía la extraña sensación de estar recorriendo más kilómetros de los habituales.

Habituado a pasar el túnel dos veces al día con aquel tren, sabía que el tiempo transcurrido era mayor del habitual. A estas alturas del viaje ya tenían que haber llegado a la frontera.

Encendió el aparato transmisor para comunicar con la estación de salida y confirmar los kilómetros recorridos según el sistema de seguimiento automático:

«¡Atención central! Aquí tren rápido 315 EAU, en dirección a la frontera con Hammerland. Se ha averiado el indicador de distancia recorrida dentro del túnel fronterizo y solicito confirmación de la misma.»

Solamente un ruido, mezcla de chisporroteo eléctrico y algunos zumbidos extraños, fueron la respuesta a la llamada del conductor. Lo intentó una y otra vez, pero sin éxito. El marcador, en estos momentos, indicaba 1.800 kilómetros hasta la salida del túnel.

Los viajeros habituales de aquel recorrido ya habían notado algo raro en el viaje. Se hacía demasiado largo; mucho más de lo normal. El revisor, se vio desbordado por un alterado grupo que preguntaban la razón de no haber llegado aun a la frontera. Tan nervioso como los viajeros, se dirigió a la máquina en donde preguntó al conductor la razón de semejante tardanza: «¿Cuándo saldremos del dichoso túnel?»

El conductor, le explicó lo que ocurría y le informó que, al igual que él, estaba confuso. Tenían que haber llegado a la frontera hacia ya horas y, sin embargo, continuaban a una velocidad de casi 300 kilómetros por hora, dentro de aquel maldito túnel sin vislumbrar la salida. ¡No existía ninguna explicación lógica!

Los viajeros, poco a poco, fueron exteriorizando su nerviosismo y el revisor ya se veía incapaz de contener las iras de alguno de ellos que, muy agresivo, intentó incluso agredirle. En el tren, no había fuerzas de seguridad o vigilante alguno que pudiera reprimir o mantener a raya una sublevación como la que se estaba gestando.

La máquina, incansable, seguía devorando unos kilómetros que nunca antes había recorrido. El conductor, una y otra vez, llamaba a la estación de salida y a la de llegada. ¡Todo en vano! Solamente ruidos extraños en la radio, contestaban a sus nerviosos requerimientos.

La máquina parecía haberse vuelto autónoma. El maquinista había intentado, varias veces, reducir la velocidad, pero de manera inexplicable, la manipulación de los distintos mandos no ejercía ningún efecto sobre la marcha del convoy… Éste seguía su frenética marcha por aquel túnel interminable del que no se vislumbraba el final.

Uno de los pasajeros, ingeniero del ferrocarril y que viajaba hasta el vecino país por vacaciones, después de identificarse entró en la cabina de mando. Junto con el maquinista, estuvo comprobando los distintos indicadores del panel de control durante un tiempo.

El hombre, experto en locomotoras modernas, y que había efectuado aquel viaje multitud de veces, tampoco se explicaba lo que estaba sucediendo. Intentó llamar a la estación de llegada, pero extraños ruidos fueron la respuesta. Cambió de canal, y la sorpresa fue mayúscula: en un idioma totalmente desconocido para él, alguien estaba hablando de manera pausada. Era como un monologo cadencioso, en una lengua sumamente cantarina...

Apretó el interruptor del micrófono y lanzó una llamada en aquella frecuencia. Cuando regresó a la posición de escucha, la voz había desaparecido; solamente unos fuertes silbidos salían del altavoz.

El revisor, entró de nuevo en la cabina para, de manera apresurada, informar de lo que sucedía: «Cada vez que paso por los vagones ––por costumbre ya sabéis que siempre cuento los pasajeros––, faltan viajeros. En este último recuento he echado de menos unos 25».

«¿Cómo 25? ––preguntó extrañado el maquinista–-. ¿Seguro que has contado bien?»

El revisor asintió desolado y con rostro pálido dijo: «Aún descontando 10 que pudiesen encontrarse en los servicios; aun suponiendo que hubiese contado alguno de menos, sabes que llevo haciendo esto muchos años. ¡Te repito que faltan viajeros!»

El ingeniero, también escuchaba asombrado las noticias del revisor. Tampoco él comprendía lo que estaba sucediendo. El tren, desde su salida hasta este momento, no había parado en ninguna estación o apeadero. Resultaba fuera de toda lógica que faltasen viajeros. ¡En algún lugar tendrían que estar!

El ingeniero, en su última lectura de los distintos indicadores de la máquina, había descubierto algo insólito: el combustible, a estas alturas, debería haberse agotado por completo. Curiosamente, el depósito estaba tan lleno como a la salida de la estación de origen. ¡Algo muy extraño estaba sucediendo!

Los viajeros estaban totalmente alterados. Algunos de ellos, pretendían entrar en la cabina del conductor para pedir explicaciones de manera harto agresiva. Los golpes en la puerta blindada despertaron el temor en los ocupantes de la cabina de la locomotora.

Tanto el revisor como el ingeniero trataron de tranquilizarlos, por medio de los altavoces, con los más peregrinos argumentos que se les ocurrían en aquel momento, pero sin éxito. Poco a poco, la situación se volvía caótica y resultaba aventurado predecir lo que podría suceder en los próximos minutos.

El jefe de la estación de llegada, después de comprobar la inusual tardanza del tren y la falta de conexión por radio, había contactado con la de salida en Ameland. Tampoco ellos, a pesar de los múltiples intentos de establecer contacto con el convoy, habían tenido noticias, desde la salida, hacía ya muchas horas.

Pensando en lo peor y puesto que el túnel era fronterizo, y la mitad del mismo correspondía a cada uno de los países limítrofes, las medidas de búsqueda y socorro se pusieron en marcha. Después de solicitar los correspondientes permisos de los dos Gobiernos, las expediciones de auxilio salieron hacia el túnel.

Una máquina con cinco expertos del ferrocarril, partió de la estación fronteriza en Ameland para inspeccionar el túnel, tratando de obtener información sobre la extraña desaparición del tren rápido.

Desde el otro lado de la frontera, en Hammerland, otra máquina con un grupo de trabajadores del ferrocarril y un equipo sanitario, salió para inspeccionar su mitad del túnel.

La intangible frontera, entre ambos países, estaba justo en el kilómetro 60 del túnel; en la mitad de su longitud total.

Cuando la máquina de los ferrocarriles de Ameland llevaba apenas unos 50 kilómetros de túnel recorridos, vieron unos bultos esparcidos por el estrecho arcén de la vía. Cuatro personas yacían amontonadas, con graves heridas y con muestras de estar inconscientes...

Pararon la máquina, y los sanitarios se ocuparon de comprobar la importancia de las lesiones. Uno de los heridos, con voz apenas audible pudo decir: «¡hemos descarrilado! ¡Hay muchos muertos!»

Una vez recogieron a los heridos y los acomodaron en el vagón, la máquina siguió avanzando lentamente. Apenas un kilómetro mas allá otros cinco heridos les hacían señales desde el centro de la vía.

«Nosotros ––relataban los rescatados en el túnel––, llevamos caminando más de una hora, intentando pedir ayuda. Pensamos, por lo que pudimos ver y oír, que la mayoría de los viajeros han muerto a consecuencia del descarrilamiento. ¡Ha sido terrible! Los gritos de los heridos... La impotencia de no poder ayudar por la oscuridad reinante».

Después de hacer una primera cura a alguno de los heridos, les dijeron que esperasen allí la llegada del siguiente equipo de socorro.

Los componentes de la expedición procedente de Hammerland, también se encontraron con un espectáculo dantesco: hierros retorcidos que abrazaban a grupos de viajeros destrozados por los golpes del tren contra las paredes del túnel; trozos de cuerpos humanos desperdigados por las vías; cuerpos colgando de las ventanillas, muchos de ellos decapitados por la fuerza del impacto contra los pétreos muros del túnel...

Al poco tiempo, ambos convoyes se encontraban a uno y otro lado de aquel dantesco amasijo de hierros retorcidos, iluminando con sus potentes focos el terrible espectáculo.

Los miembros de ambos equipos comenzaron la búsqueda desesperada de supervivientes entre los restos, pero, aparentemente, no los había. Solamente parecían haberse salvado 25 viajeros rescatados en varios trechos del túnel por ambos equipos de rescate. ¡Ninguna señal de más cuerpos o supervivientes!

En la cabina de la locomotora del accidentado tren, encontraron a tres personas aprisionadas entre los hierros: el maquinista, el revisor y otra más. Por su posición ante los paneles rotos y ensangrentados, parecían haber sido sorprendidos por el accidente cuando estaban examinando los instrumentos.

Otros miembros de los equipos de rescate, cubiertos sus rostros por mascarillas, y pertrechados con guantes de goma, se afanaban por recuperar los numerosos restos humanos esparcidos por el suelo o pegados en las rugosas paredes de cemento del largo túnel fronterizo.

***

El tren, a pesar de las horas transcurridas, seguía devorando kilómetros dentro de aquel interminable túnel. Los viajeros, todos los que habían partido de Hammerland menos los 25 desaparecidos que el revisor no había podido encontrar, parecían estar ahora plácidamente dormidos en sus asientos. Todos tenían una extraña y enigmática sonrisa en sus rostros…. ¡Un extraño silencio reinaba en los vagones!

La máquina, acompañada por el rítmico sonido del roce de las ruedas sobre los raíles, seguía devorando kilómetros a gran velocidad. El depósito de combustible, según el indicador, seguía estando lleno. Las paredes del túnel, iluminadas a ráfagas por las luces de los vagones, tenían un raro color entre rojizo y azul.

El revisor, cansado de recorrer los vagones contando una y otra vez, en busca de los 25 viajeros que faltaban, se había quedado dormido con la misma extraña expresión que los demás ocupantes del tren...

Los periódicos del día siguiente, a ambos lados de la frontera, daban la noticia del accidente y la inexplicable desaparición de todos los pasajeros, excepto los encontrados en el túnel…

El tren, con los pasajeros extrañamente dormidos, seguía a toda velocidad por aquel extraño e interminable túnel rojizo…


© 2009-Fernando J. M. Domínguez González

jueves, 14 de enero de 2010

UN DÍA LLAMADO NAVIDAD (RELATO)

"Paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad…"

¡Es Navidad!
Los escaparates de los establecimientos comerciales, están adornados con figuras de la última película de dibujos animados. Sobre las calles, guirnaldas de luces intermitentes que parecen el reclamo de un club de carretera, nos informan de la llegada de esta extraña fiesta en la que, todos los años y por arte de un inexplicable fenómeno, nos volvemos «amables», felicitamos al vecino con el que nunca hemos intercambiado palabra y, como símbolo más visible de nuestra integración en tan universal evento, ponemos un árbol de plástico con bombillas de colores en el balcón de nuestras casas...

¡Es Navidad!
En una casa, casi derruida, en el callejón posterior al edificio en donde vivo, una familia argentina, recién llegada de la patria lejana, está colocando sobre la mesa las escasas viandas que han logrado comprar con el jornal de la esposa que trabaja cuidando ancianos por las noches: un potaje de lentejas, salchichas baratas, una barra de pan y unas magdalenas. Él, desde su llegada, ha estado buscando trabajo, sin éxito… ¡Quizá después de Navidad!
En la pequeña habitación, el olor a hierba mate lo invade todo. Dos niños, ojos grandes y negros, contemplan a su padre que cuelga del árbol unas bolas de colores y pequeños paquetes llenos de ilusión y vacíos de regalos…

¡Es Navidad!
Dos nigerianos, negros como la noche, cargados de discos compactos cuyas carátulas de colores desvaídos indican bien a las claras su procedencia clandestina, bajan del autobús urbano. Ambos, el rostro casi blanco por el frío y la lluvia, caminan por la acera ofreciendo su mercancía a los viandantes con gesto algo temeroso.
«¡Negro de mierda! ¡Mira por donde caminas!»
El grupo de jóvenes, con altas botas y un corte de pelo que permitiría ver sus ideas si las tuviesen, se queda esperando una posible reacción a su xenófoba provocación. Los dos africanos, cargados con las mochilas repletas de baratijas y discos compactos, siguen su camino, en silencio y con paso rápido, sin mirar atrás…

¡Es Navidad!
Los médicos de guardia no dan abasto. Urgencias está a punto de colapsarse. Los ingresos, por accidentes de circulación y algún que otro coma etílico, parecen haberse multiplicado esta noche. El ulular de las sirenas de las ambulancias que llegan continuamente, se mezcla con los sempiternos villancicos que salen de los altavoces instalados en la fachada de un gran centro comercial cercano. En la sala de espera, nerviosos y haciendo caso omiso de las recomendaciones de una enfermera, varios familiares insisten en querer saber que sucede y cómo están sus parientes, recién ingresados.
En la décima planta del hospital, dos niños de apenas cinco años con la cabeza completamente calva por efecto de la quimioterapia, están jugando con una consola, sentados en la cama. Más allá, en la habitación de enfrente, otro pequeño de cara pálida y ausencia de sonrisa, está conectado a un gotero, con la mirada perdida en el blanco techo de la habitación.

¡Es Navidad!
Ha puesto sobre la mesa un pequeño y sucio mantel. Abre la lata de sardinas, y como si se tratase del manjar más caro del mundo, vacía con exquisito mimo su contenido en un viejo plato de porcelana.
Sienta sus casi noventa años, trabajosamente, en la silla. Mojando pequeños trozos de pan en el aceite, va comiendo despacio, parsimoniosamente, como alargando la masticación hasta lo indecible.
Vive en soledad desde hace más de cinco años. Su esposa, tan vieja como él, murió de neumonía el año pasado. Sus hijos, un varón y una hembra, viven a escasos veinte kilómetros. Una vez cada dos o tres meses, le visitan. Estas Navidades, las pasarán en Canarias. Han prometido llamarle el día de Nochebuena, para saber cómo está y felicitarle las fiestas. A él, dicha sea la verdad, ya le da lo mismo...

¡Es Navidad!
Por el pasillo corretean dos niños rollizos. En el salón tres hombres ven la televisión mientras en la cocina, las mujeres se afanan en preparar la cena: pavo relleno, rodaballo, brazo de gitano, vinos de Rioja, turrones variados, mazapán, licores y café... Ellas, con los rostros enrojecidos por el trajín y el calor de la cocina, no dejan de charlar mientras colocan las bandejas repletas de manjares sobre una mesa.
Bajo el árbol, un pino natural de casi tres años, decorado con brillantes bolas de cristal y muchos paquetes cubiertos con papel de alegres colores, juegan los niños...
El ambiente cálido, lo mullido del sofá y un par de copas, contribuyen a que ellos se adormezcan, mientras esperan la hora de degustar la cena que, en grandes bandejas, ya están sirviendo en el comedor.

¡Es Navidad!
En el Hogar Juvenil, dependiente del Gobierno Autónomo, varios educadores se afanan en terminar la decoración del árbol situado en el centro de una de las aulas. Todo está preparado, como cada año, para repartir los regalos: camisas, pantalones y alguna que otra consola de juegos para los más pequeños...
José, uno de los adolescentes que ha pasado casi toda su vida entre aquellas paredes, mira por la ventana que da a la bulliciosa calle comercial.
Su mirada, acostumbrada a buscar cada Navidad entre la gente que pasa, tiene el brillo de la esperanza, y la tristeza de quien tiene la certeza de no poder encontrar lo que busca.
Lleva, desde que tiene recuerdos, vagando de Hogar en Hogar y nunca ha conocido a sus padres. Esta Navidad, como todas las precedentes, serán tristes. Está deseando que todo pase para volver a sumergirse en las clases y olvidar una fiesta que le deprime. ¡Se ha prometido a si mismo que cuando sea mayor, nunca celebrará la Navidad!

¡Es Navidad!
Gaiko, apenas cumplidos los diecinueve, está leyendo el manual con detenimiento, siguiendo con su dedo índice los trazos del esquema de la bomba lapa. Es su primera misión de «guerra». Ha recibido la orden de colocarla, precisamente el día de Navidad, bajo los fondos de un coche de un Guardia Civil que vive en la cercana localidad de Hernani.
Hace apenas dos años que comenzó su «carrera» en la «Kale Borroka» para, más tarde, ser captado para formar parte de un comando liberado de ETA…
Antes de poner la bomba, cenará con sus padres y cantará los tradicionales villancicos en euskera con toda la familia. Después, con el pretexto de salir de copas con los amigos, se dirigirá a Hernani para poner la bomba en los bajos de aquel coche. Está ansioso por leer en la prensa de la mañana siguiente, el macabro resultado de su «patriótica» hazaña...

¡Es Navidad!
Los tanques, lanzando el negro humo de sus escapes hacia el cielo cuajado de estrellas de Ramala, circulan en largas hileras camino de las afueras del poblado palestino, después de haber derribado la casa de su primo Yasir. Ahmed, apenas seis años, siempre los ha visto como grises monstruos que le despiertan bruscamente de sus sueños.
No conoce otro paisaje que el de las ruinas de casas destrozadas a su alrededor. En ellas, juega todos los días entre el ruido ensordecedor de los tanques y el silbido de los obuses sobre su pequeña cabeza.
Su visceral odio, herencia del de sus abuelos y padres, crece en su pequeño pecho cada vez que observa la estrella de David sobre los blindados. Su única ilusión es ser mayor para poseer un arma y combatir al enemigo.

¡Es Navidad!
Alberto, con la copa en la mano y la mirada perdida, es abordado por una de las chicas del bar de alterne. Morena, de hermosos ojos castaños y con el pelo rizado, no tendrá más de veinte años. Su mínima vestimenta, deja adivinar un hermoso cuerpo... Él, regresando de sus pensamientos, la mira con curiosidad. La chica, acostumbrada a todo tipo de caras, se presenta con el estereotipado: «¡Me llamo Tania! ¿Y tú?»
Alberto no contesta de inmediato, pero se acerca un poco más al cálido cuerpo de la joven prostituta: «¡Alberto!» Su voz suena como cansada, y sus pensamientos le transportan de nuevo lejos de allí. Hace dos meses que su esposa le abandonó, después de múltiples problemas, peleas y desencuentros.
La falta de trabajo, su afición a la bebida y la falta de entendimiento entre ambos, les habían llevado a un callejón sin salida. Ella, cansada de aquella vida, optó por marcharse con sus padres.
Él, viviendo del paro y de lo que su madre le da a espaldas del viejo, se pasa las noches de barra en barra, como buscando lo perdido en aquellas chicas que siempre ríen sus gracias; que parecen no poner nunca en duda las historias que les cuenta.
La joven prostituta, cansada de esperar una oferta por parte de Alberto, termina por abordar a otro cliente recién llegado: «¡Me llamo Tania! ¿Y tú?»
Alberto, con la copa cerca de los labios, continúa con la mirada perdida…

¿Es Navidad?


© 2009-Fernando J. M. Domínguez González

UN POQUITO DE TU AMOR (RELATO)

Cuando regresé del trabajo, el cha-cha-cha sonaba insistentemente mientras mi mujer lo canturreaba depilándose en el cuarto de baño. Hacía ya una semana que su única conversación consistía en el envío de aquellos mensajes musicales…

Después de nuestro último enfado, había optado por «escribirme» cartas desde el equipo de música. La idea, sin duda original, parecía haberle gustado. Yo, al principio, no pude evitar una sonrisa; transcurrido un cierto tiempo, ya estaba echando de menos sus reproches verbales.
Durante la primera semana, después de la «batalla», había sonado, siempre que yo regresaba del trabajo, aquel hermoso bolero de Machín: «Espérame en el cielo, corazón». ¿No sería una «indirecta» para indicarme lo que me esperaba hasta que se firmase la paz? He de reconocer que la cosa, dentro de la lógica tensión, tenía su gracia. Seguro que el ya fallecido y admirado cantante cubano, nunca pensó que su bolero se utilizaría como medio de «incomunicación».

Está claro que a mi esposa le había dado por enviarme mensajes subliminales por medio de la música y, a fe mía, lo estaba logrando. Casi todos ellos daban en la diana y, curiosamente, tenían mucho que ver con nuestra situación y las consecuencias de la misma: camas separadas, besos inexistentes, furtivas miradas y caras largas...

Mucho me temía que, esta vez y dado el sistema elegido, tendría que recurrir a toda nuestra colección de discos compactos para decirme lo que quería… ¿Sería capaz de hacerlo? Conociéndola como la conozco, seguro que sí. ¡Volverá, una y otra vez, a la carga!

He de aclarar que mi mujer, una hermosa y atractiva hembra a la que yo quiero, adoro y deseo, tanto o más que la primera vez, tiene un genio endiablado ––¡ella suele decir que soy yo el que lo tiene!––. Lamentablemente, cuando nos enfadamos por cualquier tontería, han de transcurrir como mínimo dos semanas hasta poder firmar el armisticio. Éste, a menudo, solamente representa una pequeña pausa hasta la próxima declaración de guerra…

No vale «decir» o «hacer», ni sirve de mucho pedir perdón. Es forzosamente necesario que pase un tiempo, para que las aguas vuelvan a su cauce.

He de confesar algo que ella no debe saber, puesto que lo utilizaría en mi contra: ¡deseo que nos enfademos más a menudo! ¡Es tan hermosa la reconciliación! ¡Son tantos los besos que en todos los rincones de nuestros cuerpos depositamos! ¡Dios mío, cómo la echo de menos!
Antes, cuando nos enfadábamos, solía llamarme de todo ––¡incluso cosas de las que seguramente más tarde se arrepentía!––. Esta vez, parece haberse decantado por «decírmelo» con música. Ella, poseedora de un gran sentido del ritmo y unas caderas que me traen de cabeza cuando las mueve sensualmente, bailando salsa o agitándolas con una cumbia, parece haber encontrado la original manera de «enviarme» sus mensajes por medio de toda nuestra colección de música latina...

Hoy una cumbia, mañana un bolero, pasado un cha-cha-cha... Pero siempre con letras muy sugerentes y oportunas que, curiosamente, tienen que ver con nuestros sentimientos o nuestras riñas.

He de reconocer que el repertorio parece ser inagotable; para cada mensaje que desea enviarme, encuentra siempre la canción adecuada.
El tercer día de nuestra particular guerra ––después de «Espérame en el cielo»––, he sido recibido con una antigua versión de: «Háblame de amor, marinero».
«¿Será una invitación a compartir su lecho esta noche?», me pregunto esperanzado. ¡No! Por la tarde, cuando me disponía a romper el hielo con un beso en su mejilla, ha sonado otro «mensaje» mucho más claro en la voz de Lucho Gatica: «Reloj no marques las horas». Percibo la ironía escondida en esta primera estrofa de la canción. El «juego» sigue y no debo hacerme ilusiones. Aún me quedan, seguramente, algunos días más para poder sentirla cerca. Está claro que utiliza a Gatica para decirme que: «¡No te hagas ilusiones y espera sentado!»

Al día siguiente, cuando regreso del trabajo con un estado anímico ideal para firmar la paz, me recibe la «sugerente» estrofa de un bolero: «Espera un poco… un poquito más» ¡La leche! Esta imprevista afición suya a enviarme mensajes por medio del equipo de música, me está poniendo del hígado. ¡Ya está pasando de castaño oscuro! ¿Estará intentando probar mi paciencia?

Ella, disfrutando con la «emisión» de estos mensajes que sabe son comprendidos por mi, permanece como alejada y, lo que es peor, sin darme la opción de poder compartir lecho y mantel. Comemos a distintas horas, y dormimos en lugares demasiado alejados para materializar el «acercamiento».
Hasta ahora, cuando estábamos enfadados dormíamos en el mismo lecho y, durante la noche, siempre surgía un roce «involuntario» en el que las carnes se tocan y el fuego se enciende, hasta ser apagado con la misma fuerza e ilusión que la primera vez que nos amamos. Unos besos, unos reproches ahogados por apresuradas caricias y… ¡borrón y cuenta nueva! Desde que optó por los mensajes musicales, me tiene nervioso durante el día y hambriento e inquieto por la noche.

He pensado que quizá sería una buena idea responder a sus mensajes. Pagar con la misma moneda. Voy pensándolo camino de casa y, cuando abro la puerta, escucho las estrofas del bolero: «Luna que te quiebras sobre las tinieblas…». «¿Está quizá tocando fondo y desea un acercamiento?» «¿Me echará de menos?», me pregunto.

Está en la cocina y, aprovechando su ausencia del salón, pongo la canción: «Amor… amor… amor… Nació de ti, nació de mi…». Oigo sus pasos apresurados por el pasillo y detecto una picara mirada en sus ojos cuando pasa ante mi para dirigirse al equipo de música.

Busca entre los discos y coloca uno. Mientras lo hace, sus caderas están ante mí. Siento la imperiosa necesidad de abrazarla, de sentir su cuerpo junto al mío… Mis manos, huérfanas durante esta última semana, están ansiosas por acariciarla… De pronto, suena: «Contigo aprendí…» en la voz de Manzanero. «¡Otro mensaje más!», me digo algo harto de aquel juego.
Se marcha de nuevo a la cocina, no sin antes lanzarme otra de aquellas miradas que, aún siendo un poco menos frías que las anteriores, quieren decir, más o menos: «¡Aguántate! ¡Paga tu culpa!» «¿Habrá llegado el momento?» «¿Será posible firmar el armisticio esta noche?» ¡Señor! ¡Cuánto deseo que esta guerra termine!», exclamo para mi.
He de reconocer que a pesar de los muchos años que llevamos juntos, cada vez que nos reconciliamos, mi sangre bulle como la de un toro de lidia. Deseo retenerla entre mis brazos y, lentamente, besar esos labios que tanto deseo. Acariciar su cuerpo, sintiendo los ligeros temblores que indican su receptividad a mis caricias…

Busco entre los discos alguno que sirva para lanzar el mensaje, esta vez más claro y decisivo, para saber a que atenerme según sea su respuesta.
Encuentro un cha-cha-cha que espero sirva de declaración de intenciones y comprendido en toda su dimensión: «Me gustas tú… y tú…. y tú…». Suena casi hasta el final y ella parece no darse por aludida. Permanece en la cocina colocando cacharros en el escurre platos o, quizá, sonriendo ante nuestro musical duelo.

Por fin, cuando el cha-cha-cha ha llegado a su fin, aparece muy seria. Sin apenas mirarme, busca entre los discos y parece no encontrar lo que desea. Revuelve, una y otra vez, hasta quedarse con uno en la mano. Siento una gran curiosidad por saber que sonará esta vez. Escucho atento…
«¡Bésame! ¡Bésame mucho!… Como si fuera esta noche la última vez…».
¡Bueno! ¡Aquí terminó el juego! Yo no aguanto más esta mensajería musical que parece no tener fin. Mientras ella mira por la ventana, como distraída, me levanto despacio y la abrazo por la espalda. No se resiste y, como si nos hubiésemos puesto de acuerdo, brota una gran carcajada de nuestras gargantas, que termina por apagarse en nuestros labios con un apretado y apurado beso…

El equipo de música, ignorando que su misión terminó por esta vez, sigue desgranado el bolero: «¡Que tengo miedo a perderte, perderte otra vez…!»
Esta noche, ya no es necesario mensaje musical alguno para saber con certeza que no volveré a dormir en el sofá… «¿Hasta cuándo?», me pregunto.
En el equipo de música, como queriendo contribuir a nuestra reconciliación, suena ahora otro bolero: «¡Te quiero! Dijiste….!»
Yo, con los labios ocupados en otros menesteres, canturreo el resto entre risas ahogadas. Ella, hace lo mismo mientras trazamos unos pasos de baile eliminando el último milímetro que separa nuestros cuerpos.
¡Naturalmente que la quiero! ¡Y cómo! Con música o sin ella, siempre será así. No es necesario poner otro disco. De poner alguno, sería el que contiene un hermoso bolero, que explica muy bien mi amor por ella: «Muñequita linda…» «Tanto como entonces, siempre hasta morir…».
Está visto que, en esto del amor, la música puede jugar un importante papel… Aún sin ella, el amarse siempre tendrá su propia melodía… ¡La que los enamorados entonan cada vez que sus labios firman un contrato que nunca debería romperse!



© 2009-Fernando J. M. Domínguez González











miércoles, 13 de enero de 2010

LA DOBLE VIDA DE DON ANTONIO (RELATO ADULTOS)

DOMINGO

La gente se agolpaba a la puerta de la iglesia. Don Antonio, traje azul marino y corbata negra, del brazo de su esposa, intentaba sortear los distintos grupos para ocupar aquel banco en la primera fila que, desde hacía ya muchos años, les servía de lugar privilegiado para escuchar las homilías de la misa del domingo. Siempre asistían a la de doce...

De vuelta a casa, de manera invariable, se comentaban los consejos morales del párroco que, según don Antonio, deberían ser de obligado cumplimiento para cualquier cristiano bien nacido. El cura, este domingo, en su larga y soporífera homilía, se había extendido en consideraciones morales sobre la reciente Ley del Aborto y las consecuencias de la misma en la católica España.

––Naturalmente, si los abortistas continúan por este camino, la Iglesia debería hacer algo por echar a bajo estos intentos claramente izquierdistas, de convertir el aborto en un contraceptivo más ––espetó don Antonio, colgando la chaqueta.

––Desde luego ––contestó su esposa colocándose despacio el mandil de cocina––, es una vergüenza que el aborto se convierta en algo legal y, lo que es mucho peor, que las chicas lo vean como una solución más a su falta de responsabilidad. ¡Qué vergüenza!

––¿Te acuerdas, Carmen, cómo tuvimos que aguantarnos hasta el día que bendijeron nuestra unión? Realmente, resistimos la tentación hasta que, casados como Dios manda, pudimos amarnos plenamente ––dijo él mientras hojeaba con disimulo la página de «contactos» del periódico local––. Siempre la leía, como buscando algo que llamase su atención en ella, pero cuando el deseo le empujaba, terminaba siempre delante de la puerta de aquel pequeño chalet, en la parte vieja de la ciudad… «¡Susana!»

Los diálogos «moralizantes», surgían siempre después de la misa dominical. Eran como un recordatorio rutinario de «virtudes» deseadas, pero inexistentes, de una familia con la fe heredada de sus mayores e inculcada a los hijos, ahora ya casados y lejos del hogar paterno.

La comida, la siesta y las largas horas ante el televisor, completaban la jornada del fin de semana. Por la tarde, vestidos con sus mejores galas, bajaban hasta el Círculo Mercantil y allí, en la espaciosa sala de lectura, mientras él hojeaba la prensa o jugaba una partida de tute con los amigos. Ella, aprovechaba para enterarse de las últimas novedades de la prensa del corazón y los cotilleos locales, en animada charla con sus amigas de toda la vida. Para enterarse del cotilleo más reciente, del verdadero «pulso» de la ciudad, nada mejor que una visita al Círculo Mercantil en domingo. Una separación, un divorcio, un noviazgo, la quiebra de la empresa de un rival… ¡De todo se podía enterar uno en aquel lugar!

LUNES

Como siempre, desde hacía ya muchos años, llegó a su despacho a las nueve en punto de la mañana. Su secretaria, una mujer mayor y con aspecto de haber pasado toda su vida entre legajos sentencias y recursos, estaba escribiendo a máquina. Sin apenas levantar la cabeza, respondió a los buenos días.

––Ángela, después de pasar a máquina el recurso del Sr. González, no olvide llamar al juzgado para conocer la fecha y hora del juicio de doña Isabel Gómez. Esta tarde, no vendré a la oficina. Tengo asuntos urgentes que resolver en la ciudad. Si llama mi esposa, dígale que comeré fuera; que la llamaré en cuanto pueda.

––No olvide ––le recordó la secretaria levantando ligeramente la vista del teclado––, llamar al despacho de la compañía de seguros. Tenemos un juicio por daños a terceros la semana que viene y ya tienen el peritaje listo. También le recuerdo que mañana, a primera hora, tiene una entrevista con el señor López. Es el asunto de la herencia.

Salió y tomó el ascensor hasta el garaje. Tras circular por varias calles de la parte antigua de la ciudad, se dirigió hacia un callejón estrecho y sin salida, aparcando frente a un chalet, rodeado por un pequeño y descuidado jardín. Con las solapas del abrigo subidas, después de mirar a ambos lados de la calle, pulsó el timbre con insistencia.

Una mujer joven, muy maquillada, abrió la puerta. Después de besarle, se colgó de su brazo para conducirle hasta el interior. En el salón, con escasa luz, se encontraban sentadas seis mujeres con aspecto aburrido, delante del televisor. Todas ellas, en ropa interior muy sugerente, le saludaron como a un viejo conocido.

––¿No está Susana? ––preguntó, mirando a su alrededor.

––Está ocupada, cielo ––contestó la que parecía ser la encargada del prostíbulo––. Puedes esperarla, pero, si lo prefieres, ocúpate con una de estas chicas. Todas son muy complacientes y trabajan muy bien… ¡Quedarás contento!

Él, observando a las presentes, hizo un ligero mohín de disgusto y pareció dudar unos instantes. Finalmente, se acercó a una joven delgada de cabello rubio, con cara de adolescente. Sus piernas eran largas y bien torneadas… «¡Quizás un poco delgada!», pensó mientras la observaba.

Cogidos del brazo, subieron a la segunda planta del edificio. Entraron en una de las habitaciones. La luz de neón rojiza, apenas permitía ver más allá de los pies de la cama adornada, en su cabecera, con un pretencioso dosel de tul color rosa.

––Ya me dirás qué quieres: servicio completo, griego, alguna cosa especial ––mientras hablaba, se estaba despojando de la poca ropa que llevaba, acercando su desnudo cuerpo al de él––. Dime lo que quieres, cariño.

Él, desnudándose despacio y colocando cuidadosamente, cada una de las prendas en el respaldo de una de las sillas, respondió:

––En realidad la que conoce bien mis gustos es Susana, pero como está ocupada ––dijo con cierto tono de tristeza.

La chica, con una pícara sonrisa, le contestó mientras seguía frotándose contra su cuerpo:

––¡No te preocupes, cielo! Dime lo que quieres y yo intentaré hacerlo tan bien o mejor que ella.

Don Antonio, mientras ella hablaba, se había puesto el sujetador y las bragas de la chica. Su grotesca figura, vestido de aquella guisa, con aquel inmenso y fofo vientre reflejándose en el espejo del techo, casi hizo estallar en carcajadas a la joven prostituta. Finalmente, su discreción profesional se lo impidió.

––Píntame los labios, maquíllame y, después, azótame con fuerza en las Nalgas ––pidió ya sentado en la cama.

La joven le maquilló y, después, con la mano completamente abierta, le fue propinando azotes en las nalgas hasta hacerse daño.

Tumbado en la cama boca abajo y con las abultadas nalgas enrojecidas, cada vez que recibía un azote, gemía: «¡más! ¡más!»

La prostituta pronto comprendió lo que realmente deseaba. Buscó, en el armario empotrado de la habitación algunos objetos: una fusta, esposas y una especie de antifaz.

Esposado a la cama y con los ojos completamente tapados, reflejándose su fofo y blanquecino cuerpo en el espejo del techo, esperaba ansioso que ella comenzase a azotarle de nuevo. La joven no dudó un instante… Lentamente, pero con creciente fuerza, fue marcando la espalda y las blancas nalgas del hombre con cortos y rápidos golpes de fusta.

Pasado un rato, cuando la piel enrojecida parecía estar a punto de sangrar, le quitó el antifaz y comenzó a acariciarle; a besarle por todas partes, muy despacio...

Congestionado, pidió que le quitase las esposas y, de manera brusca, la tomó en sus brazos, poniéndose encima de ella para, con impensable agilidad, penetrarla ansiosa y brutalmente. La joven tuvo que apartarlo con sus brazos mientras se quejaba:

––¡Cuidado! Me estás haciendo daño. ¡Más despacio, cariño!

Él, como sordo a sus quejas, seguía catapultando su cuerpo sobre ella con fuerza. Su fofo y abultado vientre chocaba, una y otra vez, contra el de la joven. Sus gemidos, acompañados de pequeños chillidos y la cada vez más entrecortada respiración, parecían ser el preludio de un cercano orgasmo. Su rostro, congestionado en extremo, se había vuelto casi lívido en el último momento. Ella, intuyendo la proximidad del final, fingía estar gozando también. Sus suspiros y pequeños gritos, acompañando a los del hombre, aceleraron el desenlace.

Durante unos minutos, ambos permanecieron, uno al lado del otro, sin decir palabra. Después, pasaron al cuarto de baño.

A la salida del chalet, al igual que hiciera a la entrada, observó el callejón, antes de entrar en el coche.

MARTES

––Ayer llegaste muy tarde ––se quejó su esposa mientras le servía el desayuno.

––En realidad, estuve muy ocupado durante toda la tarde. Estoy muy cansado. Hoy me acostaré más temprano.

––Trabajas demasiado, cariño ––su esposa le miraba con cara comprensiva.

––Ya sabes que todo está muy complicado últimamente. Existen más abogados que pleitos. Solamente los mejores podemos sobrevivir.

Cuando llegó al despacho, su secretaria tenía varios recados para él.

––Tiene que llamar al juzgado. Lo de Gómez será para el próximo martes, a las diez. Ya he hablado con el procurador. También tiene que volver a hablar con la compañía de seguros.

––Bien, voy a revisar un rato el expediente del accidente de tráfico. No me pase llamadas hasta nuevo aviso.

Estuvo trabajando durante bastante tiempo, hasta que su secretaria, desde el quicio de la puerta, le hizo levantar la vista de los papeles que estaba examinando:

––¡Hasta mañana, don Antonio!

––¡Hasta mañana, Ángela!

Miró el reloj y poco después de marchar la secretaria, cerró el despacho y se marchó para casa.

Después de cenar y ver las noticias en la televisión, se metió en cama. Su esposa estaba leyendo una revista. La dejó sobre la mesita de noche y se acurrucó junto a él, acariciándole el torso. Con mirada de deseo, le preguntó:

––Antonio… ¿Hacemos el amor?

Sorprendido, contestó con cara de circunstancias:

––¡Mujer!... Llevamos más de treinta años casados. Sabes que te quiero muchísimo, pero los años y el cansancio no perdonan. El trabajo y las preocupaciones me quitan las ganas. De veras… ¿Lo dejamos para otro día?

Ella, claramente defraudada, se apartó bruscamente de él, mientras le reprochaba:

––¡Siempre dices lo mismo, pero cuando ves a chicas jóvenes por la calle, tus ojos delatan el deseo!

––¡Imaginaciones tuyas! ¿No ves que pueden ser hijas mías? ¿Cómo puedes pensar algo así?

Dio la espalda a su esposa, apagó la luz y, en pocos minutos, se quedó dormido.

MIÉRCOLES

Durante el desayuno, ella no dejaba de mirarle de reojo. Desde hacía ya algún tiempo estaba notando el escaso interés de él por hacer el amor. Era correcto con ella, pero la pasión de antaño se había convertido en una casi total indiferencia. Hacía ya varios meses que cada vez que ella se insinuaba, él la rechazaba con disculpas. «¿Habrá otra? ¿Será la edad?», se pregunta, mientras desayunaba.

Él, terminando el café mientras leía la prensa, estaba pensando en lo que había pasado la noche anterior: «¿Desconfiará de mi? La verdad es que cada día que pasa me apetece menos estar con ella. ¡Cada día me atrae menos!»

Se puso el gabán y dijo, dando un fugaz beso en la mejilla a su esposa:

––Hoy volveré pronto ––dijo mientras cerraba la puerta––. Quiero estar aquí temprano para ver el partido.

Cuando llegó a la oficina, Ángela estaba escribiendo a máquina y levantó ligeramente la cabeza para contestar al saludo.

––Esta mañana, sobre las nueve y cuando aún estaba abriendo la oficina vino una señorita que dijo haber encontrado su cartera ––la secretaria le miraba de una manera un tanto inquisitiva––. Dijo que la había encontrado en la calle. ¡La pobre tenía una pinta muy rara, pero, he de reconocer, que honrada sí que lo es!

––¡Vaya por Dios! ––dijo mientras se palpaba el bolsillo interior––. Hasta ahora no me había dado cuenta de su pérdida. Seguramente me cayó en el garaje o al salir de él. ¿Qué quiere usted decir con «pinta rara»? ¿A qué se refiere?

––Si he de ser sincera, me pareció una prostituta por su manera de vestir y moverse ––la secretaría le miró fijamente––. Es algo que no sabría explicarle pero que las mujeres intuimos.

––¡Bueno! ¡No sea usted malpensada, Ángela! ––entró en su despacho ––. Lo importante es que he recuperado mi documentación y las tarjetas de crédito. Después, sentado ya a la mesa de trabajo, pensó: «¿Cómo he podido olvidar la cartera en aquel lugar?»

Hizo varias llamadas telefónicas de carácter profesional, y recibió la visita del procurador que llevaba los asuntos del bufete ante los tribunales.

Comió en casa y su mujer no dejaba de observarle con aquella cara que él conocía bien desde hacía meses. Desde que había descubierto sus verdaderas apetencias sexuales en aquel prostíbulo, las relaciones con su mujer se habían ido enfriando, «quizás demasiado», pensó él.

«¡Tenía sobrados motivos para desconfiar de él!» A pesar de aquellos remordimientos, Don Antonio, seguía sintiendo una fuerte y morbosa atracción por las visitas al burdel, en donde se entregaba a las prácticas sexuales que su mujer, católica y chapada a la antigua, nunca hubiese aprobado o practicado con él. ¿Podía imaginarse a su esposa haciéndole una felación o azotándole?

Con las prostitutas, especialmente con Susana, podía dar rienda suelta a sus fantasías más atrevidas. Ella, una mujer de unos 40 años, con un cuerpo lleno de apetitosas curvas y pechos voluminosos como a él le gustaban, adivinaba siempre lo que él quería. ¡No hacía falta decir una palabra!

Entre ellos, además de la ya dilatada relación cliente - prostituta, se había establecido una cierta «amistad» que, con el tiempo, había dado paso a las confidencias. Durante aquellos momentos de descanso que se tomaban fumando un cigarrillo y tumbados sobre la cama, ambos se contaban muchas cosas.

Don Antonio, debido a la atracción que por ella sentía, se mostraba sumamente contrariado cuando llegaba al burdel y ella se encontraba prestando sus servicios «profesionales» a otro. Había llegado a considerarla como algo suyo. Al no encontrarla en el salón, se despertaban en él extraños sentimientos: celos, quizá. En más de una ocasión y a pesar del deseo que le había empujado a ir al burdel, se había marchado cuando Susana no podía atenderle. Cuando esto sucedía, además de una cierta dosis de celos, sentía una especie de desengaño al saber que ella estaba dando placer a otro. ¡Solamente con ella era capaz de gozar plenamente!

Luego, cuando recapacitaba sobre sus sentimientos, comprendía que Susana era una profesional; que sus servicios no podían ser exclusivamente para él. «¡Al fin y al cabo, solamente se trata de una puta!»

––¿Vendrás pronto por la tarde? ––su mujer le miraba fijamente.

––Ya te lo dije, mujer... Quiero ver el partido. Es la final de la Copa del Rey y no quiero perdérmelo por nada del mundo. Saldré un poco antes de la oficina.

Regresó temprano, como había prometido, y sufrió lo suyo durante la retransmisión del partido. Su esposa, sentada cerca de él, leía mientras tanto una revista.

Ya en la cama, ella volvió a insistir en hacer el amor y Don Antonio, acordándose de Susana mientras lo hacía con su esposa, puso sus mejores intenciones en complacerla. No resultó especialmente glorioso, pero suficiente para espantar el fantasma de los celos.

JUEVES

Susana, la prostituta, no había acudido al pequeño chalet. Estaba con lo que ella solía llamar «días malos». Cuando esto sucedía, no quería trabajar. Algunas compañeras lo hacían, pero ella se sentía especialmente incómoda y sucia en esos días. Cada mes, durante esos 3 o 4 días, se quedaba en casa y aprovechaba para hacer multitud de cosas atrasadas: la colada, planchar, salir de compras... Su «hombre», como ella llamaba a su compañero cuando charlaba con sus colegas del burdel, hacía poco que se había levantado y salió a tomar una copa mientras ella ponía la casa en orden.

Hacía casi un año que vivían juntos ––¡le había conocido como cliente!––. Primero se veían en el prostíbulo, dos o tres veces por semana, pero la encargada, al darse cuenta del cariz que estaba tomando aquella relación, se lo prohibió terminantemente. En su casa, como ella decía, solamente podían prestarse servicios «profesionales». Todo lo demás tenía que quedar fuera de aquellas paredes… ¡Allá cada cual con sus novios o chulos!

Susana, decidió meter en su casa a Juan para quien, sin darse apenas cuenta, terminó trabajando en el oficio más viejo del mundo los siete días de la semana.

Había estado casada unos años, hasta que su matrimonio se deterioró y resultó imposible la convivencia. Su marido, borracho, putero y jugador empedernido, solía maltratarla a menudo y, armándose de valor, decidió separarse.

Sin ingresos de ningún tipo y sin oficio alguno, tropezó un día con una conocida que le ofreció una «solución» para ganar dinero fácilmente… En principio se negó, pero, acuciada por la necesidad, empezó yendo de manera esporádica al chalet un par de días a la semana y, poco a poco, se fue involucrando más y más, hasta dedicarse a la prostitución por completo. Pronto tuvo una serie de clientes fijos que solicitaban sus servicios.

Es cierto que, al principio, le resultaba muy difícil fingir con los clientes, sintiendo asco al tener que hacerlo con hombres de toda catadura. Más de una vez sintió fuertes náuseas y ganas de abandonar todo aquello, pero, poco a poco, se fue acostumbrando. El dinero que ganaba, mucho más de lo que podía conseguir en el mejor puesto de trabajo de cualquier empresa, era la principal razón que la seguía manteniendo en aquel viejo oficio.

Pronto tuvo unos importantes ahorros que le permitieron comprar un coquetón pisito en uno de los mejores barrios de la ciudad. Ahora, podía permitirse el lujo de vestirse en las más exclusivas boutiques, dándose muchos más caprichos de los que nunca había soñado.

Poco a poco, llegó a superar el asco inicial y se sorprendió a sí misma por la rapidez con que llegó a fingir con los clientes. De esa capacidad de simulación, dependían las propinas que algunos dejaban como pago por un orgasmo, del que ellos, en su estupidez, se creían artífices.

La mayoría de sus clientes ––¡hombres maduros y casados!––, víctimas de su pedantería, se creían realmente lo que ella les decía cuando terminaban: «¡Qué bueno eres en la cama! ¡Cómo me has hecho gozar, cariño!» A ellos les gustaba escuchar aquellos halagos. Estas adulaciones, no levantaban solamente el «ego» de los clientes, sino que le reportaban a ella unos jugosos ingresos extra.

Cuando alguno dudaba de sus excelentes cualidades amatorias o del orgasmo que ella decía haber sentido con él, ella, con rostro serio le preguntaba: «¿Crees realmente que se puede fingir lo que he sentido contigo, amor mío?»

Allí, en el pequeño chalet, había conocido a su actual compañero. Al principio, su relación fue puramente profesional, pero, con el paso del tiempo, él fue ganado su corazón solitario y ávido de cariño. Algunos detalles, ramos de flores, alguna joya, llamadas telefónicas, palabras bonitas que ella agradecía y nunca antes había escuchado…

Susana, muy sola a pesar de conocer a tantos hombres, fue enamorándose de él y pronto le propuso vivir juntos. Cuando llevaban unos meses conviviendo, él dijo haberse quedado sin trabajo.

Ciega por aquel cariño del que tan huérfana había estado, no dio importancia al asunto y pensó que la situación cambiaría. ¡Vana esperanza! Pasaron los meses y él seguía viviendo a costa de ella.

Durante las largas horas de permanencia en el chalet, contaba su vida a las colegas del prostíbulo. Más de una le advirtió que su compañero la estaba «chuleando»; que era un sinvergüenza y que debía romper aquella relación cuanto antes.

Susana, fue comprendiendo que sus compañeras tenían mucha razón; que debía finalizar aquella relación. Se había separado una vez y había vuelto a caer en la misma trampa. ¡Ahora estaba siendo explotada por un sinvergüenza! Cuando él volvió de la calle, Susana le contó sus recelos y expresó el deseo de terminar aquella relación.

Él, con expresión llena de rabia, le contestó en un tono que hasta entonces era para ella desconocido:

––¿Cómo te atreves, puta de mierda? Te he dado mi cariño y comprensión, sabiendo lo que haces y quién eres. ¿Te parece poco?

––¡No me insultes! ––Susana estaba llorando––. Hasta ahora no te importó saber de donde procedía el dinero. Ahora, cuando te digo lo que pienso y descubro tu juego, me llamas puta. Claro que soy puta, lo sé, pero tú… ¡Tú eres un chulo!

Él, con el rostro congestionado, se levantó y la agarró fuertemente por un brazo hasta hacerle daño.

––¿Nunca te han dado un par de hostias, asquerosa de mierda? –– mientras la insultaba, su puño se había parado amenazante a escasos centímetros del rostro de la mujer.

––¡Si me tocas chillaré hasta que vengan los vecinos! ––ella intentaba mostrarse fuerte ante él ––. Ahora mismo coges tus cosas y te marchas de mi casa. Si no lo haces, llamo a la policía para denunciarte por malos tratos. ¡Tú verás!

Cuando se marchó, dando un impresionante portazo, lo primero que hizo fue llamar a un cerrajero para cambiar la cerradura de casa. Después, sentada en la cocina, lloró hasta que sus ojos se secaron… «¡Además de puta, como él me ha llamado, he sido una estúpida! ¡Nunca más caeré en la misma trampa!»

VIERNES

Llegó a la oficina, puntual como siempre.

Ángela, la secretaria, estaba escribiendo y respondió a los buenos días sin apenas levantar su cabeza.

––Ángela ––se levantó para coger un expediente del archivo––. Hoy saldré antes de las siete y media. Ya no volveré. Cierre usted cuando salga.

––Le recuerdo que tenemos pendiente la firma del recurso de Alfredo Álvarez. Tenemos que presentarlo el lunes por la mañana, sin falta, en el juzgado.

––Bueno ––puso cara de fastidio mientras se sentaba––. Si es posible volveré sobre las ocho para firmarlo y lo dejaré sobre su mesa.

Cuando apenas eran las seis y media de la tarde, se marchó de la oficina.

En el garaje, ya dentro del coche, pareció dudar sobre la dirección a tomar. Deseaba fuertemente ir al chalet, para estar una o dos horas con Susana, pero, como siempre, temía que estuviese ocupada cuando él llegase.

Decidió hacer lo que nunca antes había hecho. Sacando una pequeña agenda de la cartera, buscó en la letra «n» un teléfono. Allí, en letra menuda y bajo el título de «negocios» estaba anotado el teléfono del chalet…

Sonó varias veces hasta contestar una voz de mujer que creyó identificar con la encargada del prostíbulo.

––¡Hola! Soy un cliente habitual de Susana y quisiera hablar con ella.

––Sí, un momento…

––¡Diga!

––¿Susana?

––Si, soy yo… ¿Quién habla?

––Soy Antonio. ¿Te das cuenta? Calvo y maduro ––bromeó––. Quiero estar contigo y me gustaría que me esperases. Deseo estar un buen rato y llegaré ahí dentro de unos quince o veinte minutos. ¿Me esperas?

––¡Hola Antonio! ¿Cómo no voy a conocerte, cariño? Claro que te espero. ¡Hasta ahora!

Cuando llegó al chalet y después de aparcar, hizo lo de siempre: miró a todos lados para comprobar que nadie le veía y pulsó el timbre nerviosamente.

Abrió la encargada del prostíbulo que le saludó como a un viejo conocido, mientras subían apresuradamente las escaleras.

Susana, sentada en medio de las compañeras, se levantó para darle un beso y cogerle del brazo. Sin apenas mediar palabra, subieron a una habitación del segundo piso.

––Hace bastante tiempo que no estamos juntos ––ella le miraba mientras se desnudaba despacio y colocaba la ropa cuidadosamente en la percha.

––Estuve aquí hace unos días, pero estabas ocupada. Después de dudarlo, fui con otra chica ––la miraba con un cierto reproche––. La verdad no quedé muy satisfecho. Ya sabes que prefiero estar contigo siempre que me es posible.

––Ya lo sé, Antonio, pero debes comprender que resulta imposible estar esperándote. Vienen muchos clientes y tenemos que atenderles a todos. Sabes que me gusta mucho hacerlo contigo, pero el trabajo es el trabajo –– ella procuraba quitar importancia al asunto.

Don Antonio, desnudo ya por completo, se acercó a Susana y comenzó a quitarle las escasas prendas que aún vestía. El transparente vestido cayó sobre el suelo, después el sujetador… Nervioso, sus manos fueron bajando las diminutas braguitas de la mujer, mientras besaba sus senos. Hundió su rostro entre los voluminosos pechos mientras sus manos se perdían por muslos y entrepierna. Ella, simulando el despertar de un placer que no sentía, suspiraba entrecortadamente mientras él se excitaba manoseándola, una y otra vez.

Ella, le empujó hacia el lecho y, una vez allí, se puso a horcajadas sobre él. Esposó sus manos y pies a los barrotes de la cama y comenzó a besarle lentamente por todo el cuerpo, pero sin llegar a su pene que, en una incipiente erección, parecía reclamar su atención. Poseído por el creciente deseo, elevaba su pubis, una y otra vez, en muda súplica. Ella, ignorando deliberadamente su petición, seguía besándole por el pecho y el voluminoso vientre.

Despacio, primero, más fuerte después, fue azotándole en las blancas nalgas hasta que estas enrojecieron. Cada vez más excitado, gemía y se retorcía de placer suplicándole: «¡Desátame! ¡Desátame!»

Descansó un rato mientras él respiraba hondo y la miraba suplicante. Por fin, después de un tiempo, Susana procedió a iniciar la felación, lentamente, sin prisas… Cuando intuyó que la excitación era máxima, desató sus pies y manos.

Como poseído por una fuerza irrefrenable, se levantó y la penetró con fuerza, poniéndose a horcajadas sobre ella. Sus movimientos, grotescos por lo voluminoso de su vientre, fueron primero lentos para pasar a una frenética carrera, como deseando finalizar lo que apenas había iniciado.

Ella, con el rostro girado hacia un lado, se sentía terriblemente oprimida por el peso y estaba deseando que el orgasmo, anunciado por la cada vez más apurada respiración del hombre, pusiese pronto fin a aquel suplicio.

De pronto, cuando todo parecía anunciar el final, un fuerte y ronco suspiro del hombre la asustó. Él continuó por unos instantes con el movimiento de su cuerpo. Después, quedó totalmente inmóvil sobre ella.

––¡Antonio! ––se sentía asfixiada por aquel peso––. ¡Por favor levántate! ¡Me haces daño y no puedo respirar!

Él, seguía inmóvil sin responder a la angustiosa petición de la mujer.

Después de unos segundos, Susana intuyó que algo extraño sucedía y, con todas sus fuerzas, empujó el pesado cuerpo hacia un lado. El rostro del hombre, con un rictus mezcla de dolor y felicidad, tenía un extraño tono azulado.

El grito, más bien alarido de Susana, hizo que la encargada del prostíbulo subiese corriendo. Tras ella, las demás prostitutas asustadas...

SÁBADO

La viuda y los hijos, sentados en la sala del Tanatorio, están siendo consolados por parientes, clientes y vecinos.

Don Antonio había sufrido un fatal infarto de miocardio cuando salía del garaje de su oficina para dirigirse a su hogar. Esa fue la versión que dio la policía municipal, a los sorprendidos parientes…

Tanto la policía como el juez de guardia, no era la primera vez que se enfrentaban a algo parecido, y sabían como proceder de manera discreta en estos delicados casos. ¿Qué otra cosa podían hacer? ¿Qué sentido tenía contar la verdad, para vergüenza de la familia?

Don Antonio, convenientemente maquillado para disimular aquel extraño color que con el tiempo se había tornado profundamente cerúleo, parecía dormir plácidamente dentro de aquel ataúd de hermosa madera de cerezo.

En el prostíbulo, asustadas aún por lo ocurrido y por las preguntas de la policía, todas comentaban lo ocurrido...

Susana, consolada por sus compañeras, aún no había podido superar el terrible susto. La encargada, veterana en el oficio, les comentaba que aquel no era el primer caso que ella conocía. Cuando trabajaba en un conocido prostíbulo de Salamanca, siendo aún muy jovencita, sucedió algo parecido con un anciano y conocido industrial de la ciudad. La verdad se ocultó, pero los rumores siguieron circulando durante muchos años.

El cura, un viejo migo de la familia, estaba finalizando una hermosa y sentida homilía: «Siempre fue un hombre de gran fe, amante de su familia y muy virtuoso. Pertenecía a la Adoración Nocturna desde su juventud y siempre siguió los caminos del Señor. ¡Descanse en paz!»

En el último banco de la iglesia, casi oculta por una de las columnas, Susana vestida con las ropas más discretas que pudo encontrar en su armario ropero, está rezando como no lo hacía desde hacía muchos años. Se siente culpable de aquella muerte, ocurrida durante la prestación de sus servicios profesionales. Siempre, mientras viva, recordará el congestionado rostro de aquel hombre que, dicho sea de paso, siempre había dejado generosas propinas. «¡Descanse en Paz!», piensa mientras se santigua y sale por la puerta lateral del templo.

Alfredo Álvarez, cuyo recurso dejó sin firmar Don Antonio encima de su escritorio, tendrá que buscarse otro abogado...


(C) 2009 - Fernando J. M. Domínguez González