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jueves, 14 de enero de 2010

UN POQUITO DE TU AMOR (RELATO)

Cuando regresé del trabajo, el cha-cha-cha sonaba insistentemente mientras mi mujer lo canturreaba depilándose en el cuarto de baño. Hacía ya una semana que su única conversación consistía en el envío de aquellos mensajes musicales…

Después de nuestro último enfado, había optado por «escribirme» cartas desde el equipo de música. La idea, sin duda original, parecía haberle gustado. Yo, al principio, no pude evitar una sonrisa; transcurrido un cierto tiempo, ya estaba echando de menos sus reproches verbales.
Durante la primera semana, después de la «batalla», había sonado, siempre que yo regresaba del trabajo, aquel hermoso bolero de Machín: «Espérame en el cielo, corazón». ¿No sería una «indirecta» para indicarme lo que me esperaba hasta que se firmase la paz? He de reconocer que la cosa, dentro de la lógica tensión, tenía su gracia. Seguro que el ya fallecido y admirado cantante cubano, nunca pensó que su bolero se utilizaría como medio de «incomunicación».

Está claro que a mi esposa le había dado por enviarme mensajes subliminales por medio de la música y, a fe mía, lo estaba logrando. Casi todos ellos daban en la diana y, curiosamente, tenían mucho que ver con nuestra situación y las consecuencias de la misma: camas separadas, besos inexistentes, furtivas miradas y caras largas...

Mucho me temía que, esta vez y dado el sistema elegido, tendría que recurrir a toda nuestra colección de discos compactos para decirme lo que quería… ¿Sería capaz de hacerlo? Conociéndola como la conozco, seguro que sí. ¡Volverá, una y otra vez, a la carga!

He de aclarar que mi mujer, una hermosa y atractiva hembra a la que yo quiero, adoro y deseo, tanto o más que la primera vez, tiene un genio endiablado ––¡ella suele decir que soy yo el que lo tiene!––. Lamentablemente, cuando nos enfadamos por cualquier tontería, han de transcurrir como mínimo dos semanas hasta poder firmar el armisticio. Éste, a menudo, solamente representa una pequeña pausa hasta la próxima declaración de guerra…

No vale «decir» o «hacer», ni sirve de mucho pedir perdón. Es forzosamente necesario que pase un tiempo, para que las aguas vuelvan a su cauce.

He de confesar algo que ella no debe saber, puesto que lo utilizaría en mi contra: ¡deseo que nos enfademos más a menudo! ¡Es tan hermosa la reconciliación! ¡Son tantos los besos que en todos los rincones de nuestros cuerpos depositamos! ¡Dios mío, cómo la echo de menos!
Antes, cuando nos enfadábamos, solía llamarme de todo ––¡incluso cosas de las que seguramente más tarde se arrepentía!––. Esta vez, parece haberse decantado por «decírmelo» con música. Ella, poseedora de un gran sentido del ritmo y unas caderas que me traen de cabeza cuando las mueve sensualmente, bailando salsa o agitándolas con una cumbia, parece haber encontrado la original manera de «enviarme» sus mensajes por medio de toda nuestra colección de música latina...

Hoy una cumbia, mañana un bolero, pasado un cha-cha-cha... Pero siempre con letras muy sugerentes y oportunas que, curiosamente, tienen que ver con nuestros sentimientos o nuestras riñas.

He de reconocer que el repertorio parece ser inagotable; para cada mensaje que desea enviarme, encuentra siempre la canción adecuada.
El tercer día de nuestra particular guerra ––después de «Espérame en el cielo»––, he sido recibido con una antigua versión de: «Háblame de amor, marinero».
«¿Será una invitación a compartir su lecho esta noche?», me pregunto esperanzado. ¡No! Por la tarde, cuando me disponía a romper el hielo con un beso en su mejilla, ha sonado otro «mensaje» mucho más claro en la voz de Lucho Gatica: «Reloj no marques las horas». Percibo la ironía escondida en esta primera estrofa de la canción. El «juego» sigue y no debo hacerme ilusiones. Aún me quedan, seguramente, algunos días más para poder sentirla cerca. Está claro que utiliza a Gatica para decirme que: «¡No te hagas ilusiones y espera sentado!»

Al día siguiente, cuando regreso del trabajo con un estado anímico ideal para firmar la paz, me recibe la «sugerente» estrofa de un bolero: «Espera un poco… un poquito más» ¡La leche! Esta imprevista afición suya a enviarme mensajes por medio del equipo de música, me está poniendo del hígado. ¡Ya está pasando de castaño oscuro! ¿Estará intentando probar mi paciencia?

Ella, disfrutando con la «emisión» de estos mensajes que sabe son comprendidos por mi, permanece como alejada y, lo que es peor, sin darme la opción de poder compartir lecho y mantel. Comemos a distintas horas, y dormimos en lugares demasiado alejados para materializar el «acercamiento».
Hasta ahora, cuando estábamos enfadados dormíamos en el mismo lecho y, durante la noche, siempre surgía un roce «involuntario» en el que las carnes se tocan y el fuego se enciende, hasta ser apagado con la misma fuerza e ilusión que la primera vez que nos amamos. Unos besos, unos reproches ahogados por apresuradas caricias y… ¡borrón y cuenta nueva! Desde que optó por los mensajes musicales, me tiene nervioso durante el día y hambriento e inquieto por la noche.

He pensado que quizá sería una buena idea responder a sus mensajes. Pagar con la misma moneda. Voy pensándolo camino de casa y, cuando abro la puerta, escucho las estrofas del bolero: «Luna que te quiebras sobre las tinieblas…». «¿Está quizá tocando fondo y desea un acercamiento?» «¿Me echará de menos?», me pregunto.

Está en la cocina y, aprovechando su ausencia del salón, pongo la canción: «Amor… amor… amor… Nació de ti, nació de mi…». Oigo sus pasos apresurados por el pasillo y detecto una picara mirada en sus ojos cuando pasa ante mi para dirigirse al equipo de música.

Busca entre los discos y coloca uno. Mientras lo hace, sus caderas están ante mí. Siento la imperiosa necesidad de abrazarla, de sentir su cuerpo junto al mío… Mis manos, huérfanas durante esta última semana, están ansiosas por acariciarla… De pronto, suena: «Contigo aprendí…» en la voz de Manzanero. «¡Otro mensaje más!», me digo algo harto de aquel juego.
Se marcha de nuevo a la cocina, no sin antes lanzarme otra de aquellas miradas que, aún siendo un poco menos frías que las anteriores, quieren decir, más o menos: «¡Aguántate! ¡Paga tu culpa!» «¿Habrá llegado el momento?» «¿Será posible firmar el armisticio esta noche?» ¡Señor! ¡Cuánto deseo que esta guerra termine!», exclamo para mi.
He de reconocer que a pesar de los muchos años que llevamos juntos, cada vez que nos reconciliamos, mi sangre bulle como la de un toro de lidia. Deseo retenerla entre mis brazos y, lentamente, besar esos labios que tanto deseo. Acariciar su cuerpo, sintiendo los ligeros temblores que indican su receptividad a mis caricias…

Busco entre los discos alguno que sirva para lanzar el mensaje, esta vez más claro y decisivo, para saber a que atenerme según sea su respuesta.
Encuentro un cha-cha-cha que espero sirva de declaración de intenciones y comprendido en toda su dimensión: «Me gustas tú… y tú…. y tú…». Suena casi hasta el final y ella parece no darse por aludida. Permanece en la cocina colocando cacharros en el escurre platos o, quizá, sonriendo ante nuestro musical duelo.

Por fin, cuando el cha-cha-cha ha llegado a su fin, aparece muy seria. Sin apenas mirarme, busca entre los discos y parece no encontrar lo que desea. Revuelve, una y otra vez, hasta quedarse con uno en la mano. Siento una gran curiosidad por saber que sonará esta vez. Escucho atento…
«¡Bésame! ¡Bésame mucho!… Como si fuera esta noche la última vez…».
¡Bueno! ¡Aquí terminó el juego! Yo no aguanto más esta mensajería musical que parece no tener fin. Mientras ella mira por la ventana, como distraída, me levanto despacio y la abrazo por la espalda. No se resiste y, como si nos hubiésemos puesto de acuerdo, brota una gran carcajada de nuestras gargantas, que termina por apagarse en nuestros labios con un apretado y apurado beso…

El equipo de música, ignorando que su misión terminó por esta vez, sigue desgranado el bolero: «¡Que tengo miedo a perderte, perderte otra vez…!»
Esta noche, ya no es necesario mensaje musical alguno para saber con certeza que no volveré a dormir en el sofá… «¿Hasta cuándo?», me pregunto.
En el equipo de música, como queriendo contribuir a nuestra reconciliación, suena ahora otro bolero: «¡Te quiero! Dijiste….!»
Yo, con los labios ocupados en otros menesteres, canturreo el resto entre risas ahogadas. Ella, hace lo mismo mientras trazamos unos pasos de baile eliminando el último milímetro que separa nuestros cuerpos.
¡Naturalmente que la quiero! ¡Y cómo! Con música o sin ella, siempre será así. No es necesario poner otro disco. De poner alguno, sería el que contiene un hermoso bolero, que explica muy bien mi amor por ella: «Muñequita linda…» «Tanto como entonces, siempre hasta morir…».
Está visto que, en esto del amor, la música puede jugar un importante papel… Aún sin ella, el amarse siempre tendrá su propia melodía… ¡La que los enamorados entonan cada vez que sus labios firman un contrato que nunca debería romperse!



© 2009-Fernando J. M. Domínguez González











miércoles, 13 de enero de 2010

¿CÓMO NACIÓ EL AMOR? (RELATO)

¿Nos hemos parado alguna vez a pensar cómo y cuándo nació lo que llamamos AMOR? La mayoría de los mortales sabemos de sus consecuencias, desconociendo su lejano y misterioso origen…
Durante la ya dilatada historia de la humanidad, el concepto de AMOR, no ha sido siempre el mismo… Todo, incluido este sentimiento, ha evolucionado con el paso del tiempo... ¿Cuándo nació? Al parecer, según algunas leyendas, todo empezó un día de primavera, a media tarde, en un año que nunca figuró en los calendarios.
El caprichoso y voluble Creador, después de haber hecho las estrellas y los planetas, se sintió tentado de modelar con el rojo barro de una charca cercana a una esbelta palmera datilera. Sus manos, torpes por el eterno ocio, apenas podían dar forma a la idea que rondaba por su inconmensurable mente.
Poco a poco, tomando como modelo la imagen de sí mismo reflejada en el remanso de un riachuelo, fue dando forma a una figura antropomorfa. Cuando la terminó, observándola un tanto curioso, quiso darle un nombre para que realmente existiese. Sin dudarlo, y en la primera lengua que el universo escuchó, pronunció: «HOMBRE».
Cuando pronunció el nombre, sin utilizar lo que entendemos hoy por palabra, el nuevo ser empezó a caminar. Curioso por examinar su entorno, pronto se perdió entre la exuberante vegetación del inmenso jardín.
El Creador, aburrido por no saber muy bien en que emplear el infinito tiempo de su eterna existencia, cogió otro trozo de barro y, muy despacio, fue modelando otra figura.
A ésta, quizá por no fijarse demasiado en lo que hacía o adormecido por el calor de la tarde, le dio formas más redondas, omitiendo ciertos detalles que había modelado en la primera figura…
Cuando le dio el nombre de «MUJER», la figura empezó a caminar y también se adentró en el jardín, curiosa por conocer aquel entorno idílico. Su caminar era lento y sensual…
El Creador, cansado ya, se retiró a su morada en lo más alto del jardín, olvidándose por completo de las figuras recién modeladas que, admiradas de la lujuriosa vegetación y sus muchos y sabrosos frutos, vagaban por el jardín sin rumbo. Pronto, el sueño se apoderó del Creador, y sus estruendosos ronquidos despertaron a la vida lo que hoy llamamos TRUENO.

HOMBRE y MUJER, después de vagar por los senderos del jardín, en cuyos bordes crecían árboles y flores de gran belleza, se encontraron en un cruce de caminos. Su primera reacción, al verse, fue de temor y sorpresa… Poco a poco, se fueron aproximando para contemplarse mejor. La CURIOSIDAD ––primigenio bagaje del Ser Humano––, había germinado en ellos...
Cuando perdieron el temor, sus manos se acercaron tímidamente al cuerpo del otro y, lentamente, fueron recorriendo cada milímetro de su desnuda piel. HOMBRE, mientras MUJER recorría su cuerpo, sintió que algo desconocido brotaba dentro de él; que su corazón galopaba más de prisa…
MUJER, cuando las manos de HOMBRE acariciaron su piel, sintió lo mismo, además de un extraño y fuerte deseo de acercarse mucho más a él, para sentir el calor de su cuerpo…. Ambos, sin conocer aún la razón de tan extrañas y recién descubiertas sensaciones, no dejaron de explorar sus cuerpos durante un buen rato. Lo que sentían era placentero, despertando algo hasta entonces desconocido por ellos: ¡HABÍA NACIDO EL DESEO!
Se tumbaron en la fresca hierba, a la sombra de un gran árbol. Sin pausa y cada vez más curiosos, siguieron en la tarea de recorrer sus cuerpos. Ahora lo hacían, estando muy cerca uno del otro, sintiendo su acelerada respiración y, sin apenas darse cuenta, se encontraron realizando la primera cópula. Sus suspiros y gemidos, sin bien tímidos al principio, fueron aumentando en volumen hasta despertar al Creador…. ¡HABÍA NACIDO LA PASIÓN!
Desperezándose, mirando hacia el jardín, el Creador vio como aquellas figuras se entrelazaban y formaban prácticamente un sólo cuerpo. Cada segundo que pasaba, sus miembros se retorcían extrañamente como movidos por una fuerza desconocida. Intrigado por lo que veía, se presentó ante ellos e inquirió qué estaban haciendo...
––Nos hemos encontrado ––contestó HOMBRE––, y después de examinarnos sentimos la necesidad de estar más juntos; de tocarnos...
––Al estar juntos ––contestó MUJER––, hemos sentido la necesidad de unir nuestros cuerpos.
El Creador, envidioso por lo que sus criaturas sentían, y que él nunca antes había imaginado, montó en cólera:
––¿Cómo os atrevéis a hacer estas cosas sin consultarme? ––su voz estaba creando la TORMENTA––. De ahora en adelante, cuando os unáis el uno con el otro, sufriréis el castigo de los hijos.
––¿Hijos? ––preguntaron ambos extrañados––. ¿Qué son los hijos?
El Creador, mirándoles con furia contenida, les dijo:
––Serán el fruto de este acto que habéis realizado sin mi permiso. Serán parte de vosotros mismos, pero tan desvalidos al principio que ocuparán todo vuestro tiempo. Estaréis condenados a buscar para ellos, continuamente, alimento y cobijo.
Cuando los meses fueron pasando MUJER vio como su vientre crecía y sus pechos dejaban escapar unas gotas de blanco líquido. HOMBRE, asustado por los cambios y desconociendo el proceso, no salía de su asombro…
Los dolores arreciaban y MUJER sentía la necesidad de empujar fuertemente, como queriendo liberarse de aquello que se movía, cada vez más, dentro de sus entrañas. HOMBRE, asustado y con el rostro contraído, la cogía la mano queriendo darle ánimos en aquel primer parto de la historia, mientras su frente se cubría de frías perlas de sudor.
El primer llanto de un Ser Humano, no modelado de barro; sino de carne, fruto del deseo, la pasión y la ternura, se escuchó en todo el jardín. El Creador, allá en su retiro de lo alto, también escuchó aquel nuevo sonido y bajó curioso de su lugar de reposo.
Contempló al recién nacido, aún rojo por el esfuerzo del parto y no pudo evitar sentir ira y envidia… Aquellas figuras que él había creado del barro, en un momento de ocio, habían engendrado un nuevo SER.
A pesar de todo su poder, el Creador se sintió humillado y desde el odio fue pergeñando la venganza... «Se han convertido en dioses como yo al poder crear un nuevo SER. Para castigar semejante osadía, su vida ya no será eterna como la mía… ¡Sufrirán y morirían al cabo de los años! ¡Sentirán el terrible dolor de la separación por la muerte! ¡Sabrán lo que significa la soledad!»
Cuando HOMBRE contempló a MUJER amamantando a su hijo, nuevas sensaciones desconocidas, aún sin nombre, se apoderaron de él. Ahora, además de sentir la necesidad de recorrer la piel de MUJER, sus manos acariciaban con mimo el pequeño y cálido cuerpecito del recién nacido... ¡HABÍA NACIDO LA TERNURA!
HOMBRE y MUJER, mirándose tiernamente, se unieron en un abrazo, en cuyo centro una pequeña figura succionaba la leche materna con fuerza. Los tres, como un sólo cuerpo, permanecieron largo tiempo así juntos hasta que los truenos, producto de la ira del envidioso Creador, les obligaron a buscar cobijo en una cueva de la cercana montaña.
Allí, a cubierto de las miradas del Creador, volvieron a sentir la fuerte necesidad de acariciar su piel, de acurrucarse lentamente, uno junto al otro, hasta quedarse dormidos…. ¡HABÍA NACIDO EL AMOR!
La tormenta, producto de la creciente ira de un SER envidioso de los hijos de su propia creación, arreciaba fuera de la cueva. La duda sobre su eterna bondad, comenzó a nacer en el hombre, aquel lejano día que nunca figuró en los calendarios…

Pasados millones de años, y desaparecido ya aquel primigenio jardín donde sus primeros padres vieron la luz, HOMBRE y MUJER ––mortales ya y temerosos de un desconocido e iracundo Creador––, siguen preguntándose la razón de haber sido condenados por descubrir el AMOR…